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La “curadora de dolor” de Colombia

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Hay varias Colombias y en una de ellas, el visitante halla ciudades hermosas como Bogotá, rebosantes de gente, de vida, de áreas verdes y de movimiento económico.
Allí se respira, entre sistemas de seguridad, su capacidad de captar turismo, de moverse al son de ballenatos, de ofrecer humeantes ajiacos, higos endulzados y te de panela, además de librerías surtidas, teatro desde función matinal y centros comerciales equiparables al primer mundo. Cuesta imaginar el paso de la violencia.
-“Ahora podemos ir de un lado a otro y vivimos bien”, dicen los comunicativos taxistas, y te llevan por amplias avenidas en las que de tanto en tanto ves pasar el transmilenio, que es el sistema público de transporte.


La otra Colombia late en las selvas, y aunque su poder ha menguado, sigue allí, tensionando las relaciones con Venezuela y Ecuador.
La otra tiene mirada incierta y habita el ámbito rural: ha vivido atenazada entre la violencia de la guerrilla, la violencia del narcotráfico, del Estado y de los paramilitares. Han matado padres, madres, hijos, hermanos; se ha violado mujeres de toda edad y se ha torturado, desaparecido y desplazado de sus tierras, a muchos, y ésa es la Colombia que se me puso al frente durante el Encuentro Internacional “Retos y propuestas sobre Acción sin daño y Construcción de paz en Colombia”.
Entre el 17 y 18 de septiembre, la palabra “violencia”, esencia de los testimonios de Teresita Marín y otros valientes, cobró la forma de hombres armados, de todos los colores de piel y todas las doctrinas, que a nombre de lo suyo, irrumpían de noche en las comunidades, asesinaban a los hombres, violaban a las mujeres y masacraban a todos o los echaban de sus lugares.
Ocurre hasta hoy, de tanto en tanto, pero ya ha transcurrido bastante vida como para que Teresita se haya hecho líder en su entorno y haya encontrado un nuevo camino para trabajar la pena. Hoy es “curadora de dolor” y a ella acuden mujeres víctimas de la guerra, que luego de vaciar su llanto reemprenden lo suyo con amor por la vida y por el prójimo, con inquebrantable apego a la defensa de los derechos humanos y la libertad y con vocación de justicia y de paz.
En ellas se encarnan las palabras del profesor Jean Paul Lederach, cuando señala: “la reconciliación no consiste en perdonar y olvidar, sino en recordar y cambiar”.
Y el cambio necesita un contenido para todos los actores que hoy se odian…en Colombia, en Bolivia, en el mundo.
Por ello, la palabra “paz” en boca de ex guerrilleros, de mujeres y hombres maltratados, de expertos en mediación y transformación de conflictos y de alcaldes que le hacen frente a la violencia, adquiere connotaciones que alegran el corazón:
Suena – como dicen ellos -, a llenar los vacíos de sentido; a pensar que no se construye entre iguales, sino entre diferentes; a trabajar en la búsqueda de lo que nos une; a generar capacidad para escuchar al otro y a incluir en nuestra red de relaciones a los enemigos. Suena, por más desafiante que parezca, a fortalecer a la oposición y a fortalecer el derecho a disentir, porque como dice Lederach, la paz es plural.
La paz también es un valor y su construcción está ligada al desarrollo de sociedades con arreglo a valores, en lugar de sociedades con arreglo a fines.
La paz, en Colombia, es una esperanza, una búsqueda de casi 30 años en la que están empeñadas todas las organizaciones de la cooperación internacional que inciden en ese contexto con herramientas de la Acción Sin Daño (ASD), así como las organizaciones locales.
La paz colombiana, en fin, es una palabra llena de vida, en boca de actores que han bebido su propia sangre.


Gloria Eyzaguirre Ll.

Participante del Encuentro internacional: “Retos y propuestas sobre acción sin daño y construcción de paz en Colombia”
Bogotá, Septiembre 17 y 18 de 2009